El Gran Teatro de la Vida | Red Milenaria

El Gran Teatro de la Vida

Nos cuenta el alquimista Hermes Trimegisto, al que se atribuye la autoría de los 7 principios herméticos que rigen el mundo, y que se describen en el Kybalion, -un pequeño manual redactado por Los Tres Iniciados-, que la primera ley o principio es el Mentalismo: “El Todo es mente; el universo es mental”. En definitiva nos expresa un axioma archiconocido: el mundo es maya, un imago, una proyección mental creando el holograma en el que estamos inmersos. Diseñamos nuestro universo y lo que pensamos determina nuestra realidad. Una ley y una afirmación controvertida y que nos compromete ya que, al tenerla en cuenta, ya no podemos zafarnos de lo que vivimos, ni dar la “culpa” al de enfrente, ni tampoco vivir desde la periferia y en la tibieza. Es una implicación que requiere mucha conciencia interior.

Como esta es, para muchos, una cuestión bizantina, no es mi intención convencer a nadie de lo que somos capaces de proyectar y conseguir con el poder de la voluntad, la intención, el amor, enfocándolo todo a un objetivo. Solo deseo proponer una reflexión que tiene mucho que ver con el hermetismo del Kybalion, y que tal vez pueda contribuir a trascender muchas de las situaciones en las que nos implicamos desaforadamente, sumergidos, engullidos por la vorágine de acontecimientos, de noticias, de informaciones que suceden a diario y que no nos dejan tiempo ni para encajarlas y ni para meditarlas. Vivimos en un estrés permanente.

En un mundo considerablemente acelerado, conocer y comprender la ley del Mentalismo nos propone distanciarnos de ciertas actitudes, -lo que no debe confundirse con la pasividad,- para asumir que nuestras proyecciones emotivas y mentales crean el contexto en el que vivimos. Pero ¿soy capaz de aceptar que eso que está pasando y que rechazo, aborrezco, lo he creado yo, que lo he programado sin ser consciente de ello?. No, no soy responsable, es el “otro” quien lo ha provocado, y por lo tanto voy a tratar de cambiarlo desde el exterior, mediante una implicación más relacionada con los instintos, con las tripas, que con el corazón, (co-razón, cooperar).

Cuando la pasión descontrolada se dispara y el pensamiento alterado toma el mando para justificar los actos, el resultado es la decepción profunda, dérmica y endémica, porque la conciencia, tarde o temprano, sin pretexto ni excusa alguna, como solía anunciar Kabaleb, nos acaba pasando factura. Pero mientras tanto buscamos compensar las insatisfacciones provocando una debacle justificada: todo vale mientras satisfaga lo que creo que es justo. Pero el problema surge cuando se han creado tantas expectativas y hay que buscar rápidamente una compensación, un analgésico, refugiarse en “algo” que calme el desengaño, y de eso saben mucho los medios de comunicación, las redes sociales, los publicitarios, que nos ofrecen todo aquello que se supone que nos llevará a la verdad, que nos hará felices. (Valga la anécdota que en casa de mis padres nos tenían formalmente prohibido adquirir productos anunciados por televisión, huían de la manipulación y eso nos hizo tomar conciencia de la cantidad de situaciones que vivimos día a día en la que nuestras voluntades son dirigidas hacia el objetivo de turno).

Pero, para ser inmunes a todo ello y no sentirnos obnubilados por todo lo que nos cuentan, por todo lo que va a tocarnos la fibra, por lo que saben que vamos a consumir, (lo saben bien los productores de culebrones), hay que armarse de valor, resistirse a la fuerza de una masa crítica que te sugiere qué y cómo pensar, qué comer, cómo vestirte, cómo comunicarte, etc., es un reto poco menos que agotador.

Pero no se trata de abstraernos para no opinar o no sentir, sino más bien no identificarnos con lo que está sucediendo, para ser capaces de tomar las riendas de nuestros pensamientos y dirigirlos hacia la luz y no hacia las tinieblas. El odio y la venganza alimentan los bajos instintos, las catacumbas de nuestra personalidad.

Como señala el gran y admirado sabio budista, Thich Nhat Hanh:

No idolatres ni te aferres a ninguna doctrina, teoría o ideología. Todo sistema filosófico que guía tu pensamiento no es la verdad absoluta. Nunca pienses que el conocimiento que ahora posees es inmutable y absolutamente verdad. Evita ser intolerante o estar limitado a tus opiniones presentes. Aprende y ejercítate en no estar aferrado a ellas para que puedas estar abierto a recibir a las de los demás. La verdad se fundamenta en la vida, no solo en el conocimiento conceptual. No fuerces jamás a los demás, incluidos los niños, a adoptar tus puntos de vista, sean los que sean, ni utilices para ello la autoridad, la amenaza, el dinero, la publicidad o la educación. Usa en cambio el diálogo compasivo para ayudar a los demás a que renuncien a su fanatismo y su estrechez de miras. No pronuncies palabras que puedan sembrar discordia y desunir a la comunidad. Haz los esfuerzos que sean precisos por conciliar y resolver los conflictos que se produzcan, por pequeños que sean.

Thich Nhat Hanh, Hacia la Paz Interior. Editorial Debolsillo

Aplaudo y secundo sus palabras que me llevan a pensar en la creciente polarización, fruto de la dualidad desnaturalizada, de unos modales muy alejados, a mi entender, de la elegancia propia del espíritu que anhela la armonía. No se trata de “vender” una toma de conciencia a base de sermones aleccionadores: “si no estás conmigo, si no lo ves como yo, es que estás del otro lado y encima estás equivocado y contra mí”.

La reciente conversación con una amiga muy querida me ha inspirado estas palabras. En su casa se han formado dos bandos y su desesperación radica en que lo políticamente correcto para unos y otros se está apoderando de la buena convivencia, desestabilizando su hogar, el fundamento de sus raíces. Aunque sabemos que todo caos acaba siendo creativo, ¿qué tal si ponemos un poco más de amor, de comprensión y compasión a nuestras actitudes respecto a quienes distan de nuestros planteamientos?, tal vez así, los cambios, las crisis acaben siendo realmente oportunidades de crecimiento.

Cuando la “verdad” del otro nos incomoda y pretendemos rebatir sus argumentos con la fuerza de la palabra y en algunos casos con la violencia verbal o física, hemos perdido toda legitimidad para defender nuestros propios ideales, porque nos lleva a la más pura de las contradicciones, a la paradoja: hemos creado secuencias de las que renegamos. Porque, seamos sinceros, en el guión de la película de la vida siempre habrá actores mejores que otros; hay quienes son más protagonistas, hay quienes nos incordian, también los hay que nos facilitan la existencia, y todos, absolutamente todos, forman parte de nuestro teatrillo creando una trama que toma vida propia, que se nos escapa de las manos, y tenemos dos opciones: vivirlo con o sin conciencia.

¡Tú decides!

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