El Naufragio | Red Milenaria

El Naufragio

Un pequeño relato que he descubierto recientemente entre mis papeles, escrito por Kabaleb hace más de 40 años, y ¡redactado a máquina y en papel cebolla!, que nos cuenta una historia de rigurosa actualidad.

El Naufragio

En el barco navegaban unas 144.000 personas, incluyendo pasajeros, marineros y la oficialidad. Aquel buque, que en su construcción había sido calificado como una obra monstruosa, era la creación maestra y personal del Capitán Ingeniero que ahora lo tripulaba. El Capitán José era un hombre de misión, sentía que era un enviado de Dios para realizar algo grande en el mundo. Cuando sus circunstancias personales le permitieron ocupar un puesto de director, comenzó a crear aquellos astilleros que poco a poco absorbieron la vida del país, dando trabajo a centenares, millares y luego decenas de millares de obreros. Aunque sus principales colaboradores le criticaban a sus espaldas considerando aquella obra inútil, el Capitán José se enardecía más y más en su empeño, tomando precisamente las críticas como la razón de su obra, la razón metafísica que le daba aliento para proseguirla. Le gustaba decir gloriosamente que el barco había sido construido por obra y gracia de Dios y que sin la ayuda del Altísimo, la obra que tantas hostilidades desencadenaba, no se llevaría a cabo.

Finalmente un día el buque salió de los astilleros y todo el mundo murmuraba en voz baja que aquel monstruo no iba a navegar. Pero el buque mantuvo su línea de flotación. Una nueva victoria para el Capitán José, convencido aún más, de su rol providencial, ya que si un navío tan inconmensurable flotaba, justo era pensar que era con la ayuda de Dios.

Tras el éxito inicial del Capitán José, sus enemigos ocultos susurraban que aquel hombre “providencial” nunca encontraría tripulantes y pasajeros que quisieran embarcar. Pero se equivocaron una vez más. Apenas el navío tocó las aguas, la multitud se lanzó frenéticamente al asalto de aquel monstruo marino, ¡vitoreando, aclamando a su creador!

Los enemigos ocultos, que eran los propios colegas del Capitán José, dijeron aún que ninguna compañía correría el riesgo de asegurar el barco, que sus dimensiones infringían el código de navegación, que ningún Estado reconocería aquel monstruo como un buque navegable. Pero esos mismos enemigos ocultos se embarcaron también.

El Capitán José y su buque sufrieron muchas vejaciones a causa de la anormalidad de una construcción de tal envergadura, pero lejos de desanimarle, las dificultades aumentaban su temple y se acostumbró a vivir dentro de su navío sin contacto alguno con la tierra firme. En semejantes circunstancias, no era de extrañar que con el paso de los años el Capitán José acabase por considerar el buque como su hogar, su tierra firme, creyendo que aquella empresa de Dios reunía los valores absolutos del bien, la verdad y la justicia y que, como toda obra de Magna, el navío estaba destinado a no desaparecer.

Con estos antecedentes resultará fácil comprender la reacción del Capitán José aquella mañana, cuando el más joven de los grumetes se presentó en la torre de mando y saludando con mano temblorosa le dijo:

.- Excelencia, el barco hace aguas…

Las maneras bruscas no encajaban con la personalidad del Capitán José y su rostro apenas se alteró al escuchar tan grave mensaje. Fijó su vista en el grumete con la decepción de un hombre solitario. Aquel muchacho pertenecía a la nueva generación, al grupo ya numeroso de los que habían nacido en el barco y que no tenían, por lo tanto, la vivencia del periodo heroico y difícil de los astilleros cuando la gloriosa obra se estaba gestando. Para el Capitán se trataba de una maniobra de sus enemigos; le mandaban aquel grumete que reclamaba, de alguna manera, el abandono del barco, dar un paso atrás.

El Capitán José se levantó de su asiento y con parsimonia, sin dirigir la palabra al grumete, salió de su torre de mando. En el exterior le esperaban reunidos sus colaboradores más cercanos, los que no se habían atrevido a entrar para darle la noticia. El Capitán repasó cada rostro con una mirada fría y dura.

.- ¿Nos os atrevéis, eh?, -les dijo-, nos os habéis atrevido nunca a comunicarme vuestras secretas esperanzas… y aquí estáis los que esperabais mi fracaso cuando el barco era un esqueleto en los astilleros, lo seguisteis deseando cuando se hizo a la mar, ¡y no habéis dejado de quererlo incluso subidos al carro del poder!. Pero ¿por qué, por qué creéis que el momento ha llegado de que me eche por la borda? Si mía era la verdad cuando os embarqué, nada ha cambiado. La verdad sigue y seguirá guiando los destinos de este buque y el mundo entero acabará por reconocerla.

Los colaboradores escucharon la repulsa con rubor. Después de unos instantes de silencio el segundo de a bordo se permitió dirigir una observación a su superior.

.- Excelencia, lo que el grumete le ha anunciado es una constatación. Su excelencia debe examinar el fondo del navío.

Sin añadir palabra el Capitán José descendió a la cala seguido de sus adjuntos. No fue difícil comprobar que los maderos ofrecían una cierta porosidad y que un hilo de agua empezaba a filtrarse. Todos esperaban que el Capitán dictase las medidas oportunas para la seguridad del barco, pero el hombre se negó a reconocer que existiese problema alguno en la fabricación de la protección del barco y se dirigió a todos ellos con estas palabras:

.- Bien veis que todos vuestros temores son infundados. No hay nada fuera de lo normal. Dios nos protege y Él hará que nos mantengamos unidos frente a nuestros enemigos sin flaquear. Que cada uno ocupe su puesto y se imponga como tarea evitar que los falsos rumores se propaguen y que los que amenacen nuestra obra sean duramente castigados.

Cuando el Capitán José se hubo retirado a su torre de mando, sus adjuntos empezaron a deliberar acerca de tales medidas. Aquellas órdenes les dividían. Algunos, los más racionalistas opinaban que no era que el capitán no hubiese visto la vía de agua, pero había tomado la decisión de no reconocerla, porque si lo hiciera también tendría que reconocer implícitamente un defecto de construcción, y, como Dios no puede equivocarse en sus empresas, se pondría de manifiesto que la obra no había sido apoyada y bendecida por Él. Los fundamentos de su poder se hundirían y por ello, lo políticamente correcto, lo aconsejable era negarlo.

.- No, no, -negaban los positivistas-. El Capitán no ha visto la vía de agua y eso explica su decisión. En cuanto el volumen aumente se apercibirá de ello y mandará que se hagan las reparaciones oportunas.

.- ¡Error, error!, -clamaban los hombres de fe-. Cierto es que nuestro Capitán no ha visto la vía de agua, pero si no la ha visto es porque no existe. Hemos sido engañados por nuestro sentido de la percepción. El Capitán, animado por sus facultades supranormales, ha visto lo justo, la verdad, donde nosotros hemos creído discernir un peligro. Tengamos confianza en nuestro Capitán y sigamos sus órdenes.

 

… continuará…

 


Foto de Serena Livingston via StockPholio.net

Comentarios

  • Alt
    Vie, 20/10/2017 - 21:46 responder

    Me fascinan los textos de kabaleb! Y curiosamente siempre son de actualidad, a pesar del tiempo que haya transcurrido...
    Ya estoy impaciente por leer la continuación de esta historia.
    Gracias por compartir milena.

    • Alt
      Lun, 23/10/2017 - 07:27 responder

      Sí, la verdad es que tuvo una visión tan certera de la actualidad que sus escritos son atemporales!! Muchas gracias por seguirnos y estar siempre tan atenta isabel! Un agran abrazo!

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