08. Los salvados del terremoto | Red Milenaria

08. Los salvados del terremoto

EL TAUMATURGO: El hombre del más allá

 

El Taumaturgo es un hombre del Más Allá con poderes extraordinarios que  interviene cuando el destino debe ser cumplido o modificado.

 

Octavo episodio 

 

Los salvados del terremoto.

 

 

Una noche tuve una pesadilla atroz: estaba viviendo en una ciudad desolada por un terremoto de gran magnitud; cientos de personas vagaban desorientadas, llorando desconsoladamente, gritando de terror; trataban de agarrarme, me pedían a gritos que les salvara. Inmerso en esa visión, en ese espectáculo dantesco me di cuenta de que había sido testigo de algo que iba a ocurrir. Mi conciencia impregnada de esas secuencias podía rechazar la idea y convencerme tal vez de que solo había sido un sueño, pero mi supraconciencia sabía perfectamente que algo iba a ocurrir, algo programado por la memoria de la mismísima tierra y que yo estaba allí como testigo de tal catástrofe por alguna razón de peso. Este suceso había ocurrido ya en los Planos Superiores antes, como siempre, de que se cristalizara en el Mundo Físico. Hay actos que dependen enteramente de la conciencia humana, pero otros están adscritos a la conciencia de Gaia.

 

Me puse de inmediato en contacto con uno de mis colaboradores que como yo trabajan al servicio del orden del mundo y me comentó que efectivamente él también había tenido esa misma visión que no tardaría en manifestarse en tiempo real. Pero ni él ni yo sabíamos dónde iba a suceder, aunque teníamos pistas: el idioma en el que hablaban los protagonistas de las escenas no dejaba lugar a dudas y mi colega, experto en esa clase de información, lo encontró fácilmente.

 

Nos trasladamos allí de inmediato en nuestros cuerpos astrales y efectivamente reconocimos la visión de los parajes: el campanario de la iglesia estaba aun allí intacto.

 

Sabíamos que no podíamos salvar lo que ya había sido derruido en los Mundos Superiores, pero nuestros deseos de ayuda eran realmente acuciantes y nos pusimos en contacto con nuestros Superiores para que nos dijeran si cabía alguna posibilidad de modificar algún destino y ¡salvar a algunas personas!

 

Nuestro contacto en el otro Mundo no apreció demasiado nuestra sugerencia, para él se trataba de una injerencia inútil; era algo irremediable que ya estaba inscrito y que no se podía cambiar.

 

.- “Bien sabéis, -nos dijo-, que estas catástrofes han sido provocadas por ciertos errores tácticos. La tierra se sacude de encima las energías que le pesan. La acumulación de faltas debido a la escasa conciencia que tienen los seres humanos de las circunstancias que les toca vivir genera esta clase de catástrofes. Cuando el cúmulo de hechos es demasiado denso se origina un terremoto que va a destruir y remodelar muchas cosas; edificios, ideas, sentimientos, expresiones mal canalizadas y que crean caos. Deben derrocarse para volverse a construir. Los seres humanos se lo toman como tragedias que les afectan en lo personal, pero no se dan cuenta de que el ataque a la Madre Tierra es terrible; atentan contra su propio hogar y el dolor de Gaia es entonces tremendo y luego dicen que pagan justos por pecadores sin darse cuenta de que el proceso de conciencia incluye toda la raza humana.

 

De todas formas, ya sabemos que cuando mueren se marchan a un lugar de paz privilegiado donde se dedicarán a comprender todos los despropósitos que han vivido para cuando vuelvan hacerlo en mejores condiciones. Todo acaba siendo mejor y más equilibrado. Así que dejadlo y trabajad en los programas que os han sido confiados”.  

 

Desde el Mundo Superior y sin pertenecer a la raza humana posiblemente sea más fácil olvidar esas tragedias, pero nosotros veíamos el rostro de cada una de las personas destrozadas y no podíamos olvidarlo ni obviarlo.

 

Poco después de la aleccionadora comunicación, nuestro Superior volvió a ponerse en contacto con nosotros y nos sorprendió diciéndonos: “Os llamo porque acabo de saber que esta ciudad goza de un privilegio excepcional que permite a muchos de sus habitantes ser salvados de esta muerte catastrófica colectiva, siempre que haya alguien dispuesto a correr el riesgo de salvarlos. Se trata de un privilegio que data de la Edad Media, un noble Señor sentó un precedente al realizar una sublime gesta. Podéis personaros en la ciudad y tratar de sacar de ella a cuantos quieran seguiros sin revelarles el futuro, algo que sabéis de sobras está terminantemente prohibido”.

 

Con esta expresa autorización tomamos el primer avión para ir de cuerpo y alma a aquel lugar. Llegamos a la ciudad el día de más afluencia en las calles, era día de mercado. Pudimos ver muchos de los rostros alegres y despreocupados que más tarde agonizarían.

 

Recuerdo la imagen de una mujer y su hijo semienterrados y que ahora estaban allí delante de mi tan felices, vendiendo en su paradita del mercado. ¿cómo iba a conseguir que me siguieran, que salieran de ahí? Las reglas de nuestra excelsa tarea no nos permite engañar. Hubiera sido fácil decirles que acababan de heredar la fortuna de un pariente lejano y que se les requería en otra ciudad para cobrarla. Pero no podía sacarlos con falsos pretextos. Por otra parte, deberíamos hacernos cargo de los gastos de sus desplazamientos, y los servicios que prestamos a la orden de los Mundos Superiores no son remunerados, no hay salario y no disponemos de muchos recursos; ¡las ventajas y satisfacciones son de otro tipo!

 

Informados del día y la hora exacta en que iba a suceder el terremoto, disponíamos de 3 días de plazo para cambiar el destino de algunas personas. La concentración requerida para desplegar toda la energía creativa necesaria para que se nos ocurriera algo efectivo fue enorme. ¿Qué clase de solución podíamos encontrar?

 

De repente algo atrajo nuestra atención. El anuncio de un emplazamiento circense a 3 kilómetros de la ciudad. Era un hecho bastante inusual, tan lejos del centro, ¿quién iba a desplazarse para ir al circo? Sin saber muy bien porqué, decidimos ir a verlo.

 

Encontramos a los responsables empezando a desmontar las instalaciones. Les preguntamos el porqué de la lejanía de su carpa y nos explicaron que no habían llegado a un acuerdo con los responsables del municipio. Los impuestos era demasiado elevados en el centro y mucho más económicos en el extrarradio de la ciudad. Esperaban tener público ya que sus atracciones eran muy buenas, pero había sido un fiasco, habían tenido muy poca gente y se marchaban.

 

Aquella era la solución que buscábamos, ¡sí, esto era sin duda providencial!. Propusimos a los responsables comprarles todo el aforo para las sesiones que se darían dos días más tarde, bajo acuerdo de una rebaja, claro está! Les abonamos la cantidad que nos pidieron, -hay que decir que las obtuvimos al 50%. Se trataba de unas cinco mil entradas. Mi amigo se lamentó de que fueran tan pocas, ya que en la ciudad vivía mucha más gente. El director del circo nos propuso entonces dar varias sesiones, por lo que el incremento de personas que podrían acudir al circo era mucho más elevado, solo tendrían que esperar en el descampado a que la primera sesión finalizara, y hacer cola para pillar un buen asiento. Así podíamos contar con el reparto de unas quince mil entradas contando las 3 sesiones que estaban dispuestos a facilitar durante aquel día fatídico.

 

Así lo acordamos. Nos preguntaron, claro, a qué se debía ese gesto, y les respondimos que formábamos parte de una organización filantrópica. Nos preguntaron también si debían anunciar la gratuidad de las sesiones de alguna manera y se nos ocurrió pedirles que confeccionaran grandes carteles anunciando el evento con una frase muy significativa: “El Circo es vida”. Los repartieron por toda la ciudad y en la entrada del circo y les pedimos participar al reparto de boletos disfrazados de payasos, pintándonos una gran y divertida sonrisa.

 

Así vestidos recorrimos toda la ciudad, de establecimiento en establecimiento, de puerta en puerta, en la calle, en los buzones, entregábamos entradas del circo de la vida. Íbamos cantando, “tomad, seguidnos, el Circo es Vida, os regalamos entradas, os regalamos la Vida”.

 

A todo esto, el terremoto debía iniciarse por la tarde, justo a la misma hora en que habíamos convocado la primera sesión. Antes de empezar, desde una colina próxima, observábamos los miles de espectadores que se daban cita ante la entrada del circo. Vimos a muchos niños llegar con sus padres y abuelos, vi aquella madre y su hija de la parada del mercado; muchos se quedaban sin entrar pero permanecían aguardando su turno para la próxima sesión, ¡un regalo semejante no era cuestión de desperdiciarlo! Había mucha fiesta en el descampado animados por la troupe de feriantes.

 

Unos minutos antes de la anunciada tragedia nos pusimos en camino para regresar. Tomamos un taxi que nos llevó al aeropuerto. Sabíamos que no habría otra sesión de circo después de la tragedia, pero que muchas personas se salvarían gracias a su boleto. Por lo menos nos sentíamos algo satisfechos por haber contribuido a salvar unas cuantas vidas.

 

La noticia de que un circo ambulante apostado a las afueras de una ciudad había salvado miles de vidas dio la vuelta al mundo. Hubo mucha emoción, mucho dolor también, pero el cómputo de personas salvadas era elevado. No faltaron las explicaciones del director del circo acerca de dos extraños personajes que les habían comprado el máximo aforo y el detalle de los carteles “El circo es vida”, que sin duda resultaba extrañamente providencial.

 

Cabe decir que nuestro ingenio fue elogiado por las Altas Instancias.

 

Próximo episodio: El hombre que no conseguía encarnar.

 

 (Me tomé la libertad de alargar este cuento con la expresa licencia de Kabaleb que sin duda, siempre atento a mi existencia, resulta ser siempre una divina inspiración.)

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